junio 17, 2016

Las historias de “Tenemos las mismas manos”, capítulo VI: Primer epílogo (escrito con los discos haciéndose en la fábrica)


La primera pregunta que debe nacer, aunque muchos intuyan la respuesta, es que por qué el disco se llama “Tenemos las mismas manos”. En lo elemental se refiere a uno de los versos de “Si somos americanos”, la canción más conocida de Alarcón, idea más o menos habitual en los discos de homenaje o en las biografías de músicos (posbilemente la idea salió de uno de Violeta Parra llamado “Después de vivir un siglo”). Más allá de eso la frase tiene una multiplicidad de significados o más bien uno solo que hay que desglosar. En el “Tenemos” se desprende un sentido colectivo, a unir a los más de 100 músicos que fueron parte de este disco y que, pese a ser de agrupaciones y hasta estilos distintos, accedieron a ser parte de una fuerza comunitaria para saludar a un hombre que fue, a su vez, motor de muchas iniciativas en asociación con otros colegas, como las giras Chile Ríe y Canta, la Peña de los Parra. “Mismas” permite hacer una idea de continuidad y proyección de que la obra que hizo Alarcón tiene cierto paralelo o nexo en todos los que están creando y cantando en estos días. Están además muchas de las mismas temáticas e inspiraciones sonoras, en ritmos e instrumentos, presentes en muchos músicos nacionales. Las manos, por último, han sido una simbología de la artesanía, de cumplir un oficio, de la solidaridad, e incluso de la precariedad etc. Desde el “Pongo en tus manos abiertas” para Recabarren y las manos que son “lo único que tengo” en las canciones de Víctor Jara hasta las manos que hay que juntar para hacer la muralla y “todas las manos, todas” del himno americanista de la “Canción con todos”. Al decir “tenemos las mismas manos” decimos todo eso, que somos parte de un mismo caudal pese al paso de los años y la infinidad de cosas que han ocurrido y que las canciones que estaban olvidadas en su casi totalidad las tomamos como piezas relevantes del gran mosaico de la creación chilena, que tienen todavía mucho para decir.


En el primer texto de toda esta historia dije que el disco lo declaré cerrado cuando sentí que en las canciones y los intérpretes elegidos estaba “todo lo que quería mostrar”. Bueno, ¿qué es lo qué quería mostrar? No sé si lo tenga tan claro. En primer lugar quería romper con el estereotipo del profesor primario bonachón que hizo puras canciones ingenuas para que los niños bailaran en el acto de Fiestas Patrias. Alarcón era eso, por supuesto, pero también otra pila de ideas, algunas más logradas que otras, pero que tenían que ver con la época que se vivía y su constante curiosidad. Si bien algunas de sus búsquedas no se reflejan en el disco (como su fugaz paso por el go-go) sí hay varios de sus discos conceptuales o de sus tópicos más comunes retratados en el disco, además de un repaso bastante amplio por su discografía, a excepción de cosas muy específicas. Por otro lado mi idea era realzar la capacidad de Alarcón como un gran melodista, que quizás no se recuerda tanto porque su trabajo de intérprete era algo disparejo y a veces algo monótono, como le dijeron alguna vez en una revista. Por eso suponía (y espero) que todas estas canciones suyas, en voces, estilos e instrumentos tan diversos, podía ser un impulso para que mucha más gente conociera de su obra algo más que las canciones más populares (que igualmente están en el disco, tampoco hay que ser suicida). En parte por eso terminamos con un disco doble, porque hacer un disco de 15 canciones con las cinco o seis más conocidas implicaba hacer una muestra muy menor del trabajo de Alarcón, así que nos fuimos tentando y la cosa llegó a estos límites. Es además un regalo para sus seguidores que puedan conocer canciones que no alcanzaron a editarse en Chile o algunas que existieron como singles de otros intérpretes (con escasa difusión) y que él no cantó nunca. La intención es que, incluso para los que más lo conocían, puedan dar con alguna sorpresa.


También había una acción delicada con respecto a los discos tributo, de los que había resultados más bien pobres. Obviando los tributos a Víctor Jara que hizo el sello Alerce, el resto parecía hecho a la rápida y como una acumulación de figuras más que como un concepto desarrollado. En ese sentido siempre tuve como referente de disco colectivo el “Charango, autores chilenos” que Pedrotti había hecho el 2000. Por eso, también, la importancia de sumarlo en el proyecto para tener una voz con talento y experiencia en estos asuntos. De hecho, él mismo fue un oído muy estricto con los intérpretes, lo que permitió subir el estándar a que si hubiera quedado bajo mis deficientes pailas. Cuando Albornoz se sumó ya tuvimos dos evaluadores muy rigurosos.


Finalmente, y de esto también me di cuenta cuando el disco estaba prácticamente cerrado, veo en este trabajo un reconocimiento y una admiración profunda por los músicos que son de la misma generación de la mía. Nacidos en dictadura y adolescentes/jóvenes durante los nefastos años 90, totalmente criminales para cualquier pajarraco que sintiera el más leve interés por cualquier cosa que sonara a charango o a autoctonía. Muchos de ellos comenzaron a cantar cuando internet era un entretenimiento de científicos y cuando reunirse o dar con locales que difundieran esta música era prácticamente una quimera. Si uno osaba decir que le gustaba la música latinoamericana o algo así era usual recibir de vuelta un “ah, esos hueones que están todos muertos y le cantaban a Allende” o “anda a ponerte con un puestito a la Feria de Santa Lucía”. Prácticamente todos ellos han permanecido en la música por la convicción profunda de hacer lo que vale la pena hacer y he tenido la suerte (a algunos de cerca desde hace muchos años y a otros como simple auditor y posterior conocido/amigo) de ver sus progresos y esfuerzos por desarrollar sus carreras artísticas, pese a que todo parece indicarles que no vale la pena. Esa serena convicción me parece muy admirable. Y los que son algo mayores y están en este disco diría que en general han sido músicos que han apoyado y acogido a los que vinieron después, por lo que hay un espíritu común y familiar que seguramente fue lo que me permitió pedirles patudamente que se sumaran a esta historia.


Cuando las grabaciones concluían apareció otro personaje importante, Raúl Guerra, quien realizó todo el trabajo gráfico. Lo conocí primero como parte de Pasto Seco y después más en profundidad cuando se sumó al proyecto de Los Republicanos (él dice que además coincidimos en alguna junta del Colectivo Kahuín, puede ser). Siempre me impactó el gran trabajo que hacía con ilustraciones y diseños para afiches y discos de la movida cuequero-folklórica-trovadoresca, así que le pedí que asumiera esa pega y la hizo con la voluntad y talento que pone en todo lo que hace. Agradezco también la paciencia para acceder a cada sugerencia que le hice, incluso a veces dándome la razón, juas. Además, cuando empezó este trabajo me invitó a ser parte de Atlético Torreja, con el que tuve mi último título de pichanguero, pero esa también es otra historia.
El disco se masterizó en manos de Jorge Pluto Abarca, ingeniero de larga trayectoria y reconocido por ser el sonidista de las presentaciones de Congreso durante largos años. Pedrotti quería que él terminara el trabajo que él empezó y yo accedí, por la confianza que le tengo y porque si hay algo que nunca he logrado entender ni medianamente bien es qué cresta significa hacer la masterización de un disco.


Raúl tiene que hacer algunos retoques en los créditos pero el trabajo gráfico también está concluido. No lo podré decir hasta que tenga en mis manos el producto final, pero básicamente esta historia ha terminado y más de una vez pensé que nunca lo lograría. Queda saber qué pasará con esto, si será recibido con cariño, si habrá gente esperándolo, si tendrá algo de difusión, en fin. Puede ser mezquino tener interés en resolver esas dudas más “mundanas” ya que finalmente el producto está terminado, que es lo que importa, pero esto es lo mismo que la comunicación, no vale de nada hacer algo si no sale a rodar y a encontrarse con la gente. Esperemos que así sea, aunque me queden dudas. Por algo Pepe Osorio me decía “El escéptico”. Pero bueno, pase lo que pase, sepan que dejé hasta mi último esfuerzo por hacer el disco más digno posible. Es curioso hablar de “hacer un disco” sin haber tocado una mísera nota, pero bueno, supongo que se entiende. Y si no, mala suerte dijo el conejo.
Eso, creo, es todo. Si llegó hasta acá reciba mi admiración. Y espero que después de esto a don Rolo, después de tanto olvido y tanto silencio, le puedan llegar de vuelta las palabras que incluyó en “América nuestra” y que el Amaru revalorizó en su magnífica interpretación: “Despierta ya, la noche ha terminado”.

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