febrero 04, 2016

"Rolando Alarcón, la canción en la noche" y el amigo Carlos Valladares

Este libro tiene larga vida, ya que van casi seis años desde su primera edición con Quimantú hasta hoy, día en que lanzamos la tercera junto a los amigos de Ventana Abierta.

Dos cosas esenciales han cambiado desde entonces. La más notoria y triste, es que uno de sus autores ya no está entre nosotros. Carlos Valladares partió a mediados de julio, no mucho después de haber cumplido 79 años.

Lo otro que ha cambiado, aunque sea un poco ingenuo o pretencioso, es que creemos que la figuración de Rolando Alarcón ha tenido un ligero aumento gracias a algunas iniciativas como este texto, el disco colectivo “Tenemos las mismas manos” y el interés de generaciones más recientes por reencontrarse con su historia. La jornada de hoy, de hecho, parece demostrarlo.

Pese a esto, no puedo sino desconfiar de cuando se dice que con esto se “repara una injusticia” con respecto a la postergación de don Rolo. Hay, estimo, una actitud algo simplista en creer que la historia o la memoria se construye de manera automática, que todo depende de un dictamen de alguien o de la bondad de alguna eminencia.

Pese a las reediciones, las alabanzas de algunos amigos o las buenas intenciones, nada asegura que en cinco, diez o quince años más Rolando Alarcón sea más popular que hoy. Lo lógico, de hecho, es que cuando más pasa el tiempo más cuesta permanecer en escena. Si esto es así, no necesariamente hay que culpar a algún enemigo o esperar algo distinto de un país como el nuestro en el que una buena parte de la creación artística sabe convivir con la indiferencia y donde la memoria hay que resguardarla en un museo.

El asunto es que, a fin de cuentas, la única manera de luchar por la memoria es con el propio trabajo, y que sea lo más riguroso y afectuoso posible, por obvio que parezca. Y es en ese punto donde aparece con más nitidez que nunca el ejemplo de don Carlos Valladares. Su tarea por perpetuar a su amigo y maestro fue simplemente notable, de una constancia incomparable, y no sólo por iniciar la aventura de este libro, sino que por otras cosas como el cancionero con temas de su maestro y la fundación del Club de Amigos Rolando Alarcón. Además, otros afanes como Las crónicas de un guitarrero en Radio Chilena y Nuevo Mundo y sus otros trabajos como la biografía del Indio Pavez son muestras de su eterna rectitud, su pluma atildada y su natural elegancia en el hablar y el actuar.

Es imposible obviar, además, la enorme generosidad que tuvo al invitarme a ser parte de este libro cuando yo no llevaba mucho fuera de la universidad y apenas unos pocos meses de experiencia en el mundo folklórico. Su gesto, (posiblemente irresponsable), tiene la virtud de haberme reconocido como un aliado, y más aún, como un par, simplemente porque compartíamos la pasión por conocer y difundir nuestra música.

Durante los cuatro o cinco años que nos juntamos para realizar este libro, él llegaba sin chistar a los lugares donde vivía en ese entonces: justo frente a la Quintrala en Providencia o en el corazón del Barrio Yungay. Si la cita era a las cuatro él estaba tres para las cuatro, con pantalón, camisa y casaca y con su maletín en la mano derecha. Si hacía frío se ponía una gorra. No pocas veces lo divisé angustioso desde largos metros, mientras corría como desaforado para no hacerlo esperar tanto rato.


Junto a Enrique San Martín en el lanzamiento de la tercera edición, y haciendo un homenaje a Carlos Valladares.

Afortunadamente nunca hizo mayor problema, como tampoco puso mayores objeciones al tono que le propuse para el libro y sólo mantuvo una cara impávida (tratando de disimular su incomodidad) ante las páginas relativas a la homofobia que sufrió su amigo. La desconfianza también lo acompañaba a veces, como cuando ya estábamos leyendo las últimas páginas y se limitó a preguntar “oiga, pero yo voy a salir en los créditos del libro?”, pensando que porque yo había hecho la redacción final iba a dejarlo de lado.

Patricio Manns dice que el cuerpo es un combate que se pierde. A veces pareciera que la memoria también. Pese a eso, vale la pena honrar a los que dieron ese combate con sus mejores armas.

En el prólogo del libro Carlos Valladares saluda a Rolando Alarcón con una simple y emotiva frase. Quisiera, finalmente, tomar esas palabras y dedicárselas de vuelta a modo de despedida: “Gracias, amigo mío, por permitirme compartir tu trabajo y, por fin, saldar esta deuda”.

Hasta siempre don Carlos

* Texto leído en el lanzamiento en el Museo de la Memoria de la tercera edición de "Rolando Alarcón, la canción en la noche", que escribimos junto a Carlos Valladares.