enero 27, 2013

Americanto para un final

Desde hace varios meses que la ceremonia para grabar el Americanto era la misma y el jueves 24 se repitió. Entrada la noche, generalmente el jueves, se conectan los cables habidos y por haber, se acomoda el trípode sobre la alfombra, se enciende el computador, se saca el micrófono, se le conecta el cable y se chasquean los dedos para ver si se registra el sonido en el computador gracias al cavernario programa Sonic Vegas (del año 2000 o por ahí).

 Luego de eso toca dar un poco la lata, anunciar las cuñas del entrevistado de rigor y tratar de hacerlo lo más de corrido posible como para que la cosa parezca medianamente en directo, ojalá con autoreproche incluido si uno alcanza a darse cuenta de que metió las patas.

Terminado eso hay que sentarse en el compu (antiguamente locuteaba en la silla pero hace poco me di cuenta que de pie la cosa tomaba algo más de color, casi como si fuera la presentación de un artista en un concierto) y hacer la edición de tal manera que las falencias de sonido de las entrevistas (reiteradas y notorias, ¡cómo extraño mi minidisc!) se disimulen lo mejor posible. Finalmente viene la challa de hacer el archivo final, subirlo a Dropbox para que lo tomen en la radio, bajarle la calidad de sonido para la web, dejarlo en el Podcast, buscar la foto del entrevistado, escribir un par de líneas y dejarlo programado para que quede disponible el domingo a las 10 de la mañana, es decir, apenas termine la emisión de la Nuevo Mundo.

 Esto último era una pura huevada pero siempre decidí hacerlo así, como una manera de respetar la prioridad de la radio que me recibió en 2002, cuando Andrés Figueroa convenció a Hernán Barahona que hacía falta un programa de música latinoamericana en la emisora. Cuántas botellas le habrá costado nunca lo supe, pero en esa época no debe haberle hecho mucho lío.

 Aquella vez empezamos el ciclo con Rodrigo Bobadilla, entonces integrante de Surgente, y ahora que decidí cerrarlo pensé en hablar nuevamente con él para darle un sentido circular a todo esto. Complicaciones de agenda y una enfermedad suya nos abortaron el plan, así que opté por hacer un trabajo de reconstrucción y rearmar una conversa con Carmencita Ruiz de enero de 2009, casi tres meses antes de su muerte. Como hacia la mitad de la cháchara ella puso el micrófono en cualquier parte y, como no queríamos forzarla, se escuchaba apenas, pero algo pudimos hacer. Olga Hernández, su autora preferida de los últimos años y presente en la charla, le decía que definitivamente se estaba divorciando del micrófono después de tantos años de romance. Ella asentía.

Pese a estos detalles, el programa se pudo armar y el ritual se cumplió con la misma serenidad de todas las semanas, quizás si con un poco más de pena y de alivio a la vez. Luego de once años el mundo artístico de la raíz folklórica es muy distinto y me parece sinceramente innecesario mantener un programa de esas características, considerando la multiplicidad de espacios y hasta medios similares en otras radios, convencionales o comunitarias, y especialmente en la red.

Por eso decidí que el programa se fuera con el mismo sigilo que vivió sus once años en su segunda etapa. Eso puede hablar de que el objetivo principal no se ha cumplido del todo y efectivamente parece que así fue. Pero esa es otra historia. Simplemente puedo decir que estoy muy orgulloso del espacio que salió al aire por estos once años y que habrá que encontrar la manera más operativa y efectiva de difundir, compartir y acercarnos. Con la serenidad que entrega haber hecho todo de la manera más honesta y profesional posible, se puede anunciar que el Americanto cumplió una vida decorosa que acaba de llegar a su fin y que esperamos que haya sido de provecho, alguna vez, para alguna gente. Así lo dice una canción que me guía: “quiero morir como el trigo, mi vida convertida en pan”. Gracias a todos.