febrero 15, 2009

Entre presencia y ausencia


En Uruguay hay una pequeña conmoción porque vuelven a tocar los Olimareños. Para los que no lo tengan muy claro es un dúo que explotó por los '60, contemporáneos de Zitarrosa y Viglietti y que se volvieron parte importante del movimiento de la Nueva Canción en Latinoamérica. Vivieron el exilio y otros sufrimientos más, pero pudieron volver el 84 a Uruguay con un multitudinario concierto en Montevideo. Dejaron de cantar por razones nunca dichas públicamente en 1990 y desde entonces cada uno siguió su carrera solista, al parecer uno con más éxito que otro pero de todos modos ambos con muchas presentaciones y varios discos a sus espaldas.

El asunto es que el Pepe Guerra, la voz "ronca" del dúo, decidió que ya estaba bueno y que el 2009 sería el año de su retiro, justo cuando llega a los 65. Y por eso convenció a su ex compañero Braulio López de juntarse por última vez, con un concierto monumental como el de 1984, en el Centenario. La cosa prendió rápido y hasta se habló de una segunda fecha.

Sin embargo bastaba una mirada rápida por algunos medios que tenían espacio para comentarios para ver al acidez de las palabras que lanzaban varios de los que se definen como admiradores del grupo. La vuelta, al parecer, era casi una burla para muchos de ellos, que querían quedarse con el recuerdo de lo que fueron, que incluso era casi una broma porque el famoso concierto de hace 25 años fue, a juicio de muchos, "un fiasco" ya que incluso uno de los Olimareños se había subido a cantar en condiciones poco decorosas. La reunida, en resumen, era de mentira, y todo se hacía por la plata, tal como se sentencia en cada vuelta de cualquier agrupación de cualquier estilo en cualquier parte del mundo.

Bueno, esta vez haré el papel del ingenuo tonto útil. Creo que puedo entender que un artista que ha tenido una carrera tan larga, llena de éxitos, momentos tan delicados y entrañables, y ya en los tramos finales de su trayectoria puede sentir el derecho, primero, de darse un gusto, de cerrar su historia reviviendo lo que, quizás, fue su mayor gloria artística. No logro entender lo malo de que el Pepe Guerra se quiera retirar rearmando los Olimareños y sintiendo otra vez ese enorme impacto que debe ser estar parado ante una multitud en uno de los estadios más simbólicos del mundo.

Por otra parte tampoco me parece tan inconcebible que dos personas puedan zanjar diferencias con 20 años de distancia. Quizás no serán amigos y al parecer por largos años que duro el dúo tampoco lo fueron pero sí está la posibilidad de salvar las distancias y darse un regalo mutuo.

Este concierto, además, es un regalo para todos los que han escuchado los discos de los Olimareños y jamás pensaron que tendrían una posibilidad de verlos cantar. No hay nada más bonito para un seguidor de cualquier artista encontrar de golpe que está la chance de tener un nuevo acercamiento con algo que se había forjado en la mente de un modo un tanto abstracto y que era parte de algo ya irrevivible.

Finalmente, creo yo, toda persona tiene derecho a cerrar sus ciclos, a despedirse como quiera con quien quiera y de la forma que quiera. Justamente un contemporáneo de Guerra y López, Alfredo Zitarrosa, decía en una zamba que "sin adioses, el amar y el morir, nunca son olvido". Bueno, ellos saben cómo quieren irse. Si es dándole un regalo a 40 ó 50 mil personas y escribiendo con la mejor letra una página más de una historia legendaria, mucho mejor.

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