mayo 21, 2008

Todavía, Chile ríe y canta

Quizás sin mucho raciocinio de mi parte puedo decir que los “revival” no me causan mucha gracia como norma. Es decir, pienso que hay cosas que fueron enormes en su momento y que, justamente, la mejor manera de tributarlas es tratando de hacer un nuevo esfuerzo, acorde a su época y no tratando de “tomar a la pata” el ejemplo de lo que ya tiene su historia.


Por dar algunos ejemplos, nunca le vi mucho sentido a revivir a Dicap. Ni el intento de 2003 ni el de 2007. Por más que el Partido Comunista tenga derecho a mantener el nombre del sello que creara a mediados de los '60, da la idea que trata de poner la marca antes del proyecto y hacer un vínculo que no va mucho más allá del nombre. Los encargados del sello actual poco tienen que ver con los de la época, los criterios son otros, los artistas también y el único punto de “continuidad” es poder rescatar los vinilos hechos en esa época con los que no tienen problemas de derechos de autor o que han llegado a acuerdos satisfactorios con los que participaron de esas grabaciones. Parte muy reducida, por cierto, de la colección original. En el ámbito en que más trabajó Dicap, por ejemplo, veo más mérito en el trabajo de Chile Profundo, de Vicio Secreto, lo que todavía puede hacer Alerce, Oveja Negra/Sello Azul y hasta los proyectos independientes pero de buen futuro como Folktrovarecords de Javier Guíñez. Lo otro es otro y, respetable por cierto, sello dedicado al pop/rock escudándose en el “compromiso” y el “arte popular” para enrolar a gente que no siempre tiene mucho que ver con ese ámbito.


Con Quimantú me pasaba algo parecido pero cambié un poco de opinión cuando, primero, conocí a la gente que estaba en el proyecto, cuando conocí la línea de su producción, supe de sus esfuerzos de autogestión y cuando vi su inquebrantable desafío de mantener los precios muy por debajo del promedio que se estila “en el mercado”. Sin embargo, y por citar sólo un ejemplo, la dura lucha de LOM de más de 10 años tiene sus frutos y sólo el tesón y el rigor ha permitido tener nuevas editoriales que, sin duda, dan cuenta de otra parte de la historia del país. Menos gloriosa si se quiere, pero igual de valiosa y a lo mejor más valiente o más sacrificada.


En el ámbito musical pienso que, y sin entrar en las historias de los conflictos, hubiera sido mucho más interesante y productivo que Inti Illimani tomara temas o ideas más que integrantes del grupo Coré, uno de los proyectos valiosos en la música de raíz latinoamericana de los '90 que no llegaron a puerto por mil razones. Para los músicos jóvenes de entonces obvio que es un privilegio y una gran oportunidad entrar al afamado grupo pero, en una visión más global, creo que se hubiera ganado más si existiera la opción de que el público que escucha al “Inti” o a cualquiera de los dos que llevan ese nombre viera como se “toma la posta” y los nuevos conjuntos que desarrollan estos estilos también tuvieran su espacio. Obviamente que no estoy diciendo que Inti Illimani sea responsable del fin de grupos jóvenes, sólo digo que, en el largo plazo, y a mí al menos, me interesa mucho más su relevo que su continuidad. Está bien que esos espacios se ganan pero también es cierto que los quiebres históricos, los discursos simbólicos sobre música y varios otros mecanismos han ido cercando a varios de estos músicos a tener una escasa posibilidad de proyección.


Con esa perspectiva arisqué la nariz cuando supe de la idea de revivir la Chile Ríe y Canta, pero debo decir que rápidamente “me di vuelta la chaqueta”. Primero, porque cada cosa que se haga con ese nombre será un homenaje a René Largo Farías y cada nuevo reconocimiento que se le haga será tan merecido como insuficiente. Segundo, porque es una manera de revitalizar el programa que se sigue haciendo en Radio Nuevo Mundo, incluso después de la muerte de Largo Farías y que convive en difíciles condiciones que varios ya hemos conocido como, por ejemplo, salir a una hora indeterminado y hasta un día indeterminado dependiendo del partido de fútbol de la semana. Tercero porque siempre será bueno tener una ocasión de ver distintos momentos de la música chilena como Cuncumén, Los Curacas, Santiago 4, Lucho Rivera y La contru (en orden cronológico). Cuarto porque, de cuando en cuando, la memoria también nos llama, y los que no fuimos parte de eso podemos respirar o atrapar algo de las miles de cosas que pasaron en la Chile Ríe y Canta, aunque se haga en otro lugar, aunque muchos ya no estén, aunque el contexto sea otro. Simplemente vale mirar la cara de esa gente y mostrar afecto, respeto, admiración, lo que sea. Escuchar, aprender, todo vale para después. Y los de ahora, creo, después de estar ahí tenemos que cranearnos para ver qué se puede hacer ahora, dónde tenemos que juntarnos, qué nombre hay que ponerse, cómo echamos a andar, ahora, las nuevas ideas, los nuevos músicos que, en todo caso, vienen todos, ayer y ahora, de un mismo impulso.

mayo 14, 2008

Arde la vida

Cuesta encontrar motivos por los que uno se pueda imaginar un sábado cualquiera de mayo en un casino en la localidad de San Rafael, provincia de Mendoza (a tres horas de la capital provincial), cerca de la medianoche, en una sala de conciertos improvisada que no tiene más de cinco mesas y lidiando con el ruido de las máquinas tragamonedas. Seguramente sólo la posibilidad de ver un concierto solista de Peteco Carabajal podría motivarme a pegarme el irracional pique y así fue.

Le había visto ya en el tributo a Carlos Carabajal que hicieron él y sus hermanos durante el 2007 y que se presentó en el Festival de Cosquín de este año, pero esa vez era con una patota enorme, un elenco de músicos, cuatro voces solistas, etc. Una cosa enorme. Ahora era mucho más sencillo, el cantor santiagueño en su estado más cómodo, con la banda reducida de guitarra, bajo y batería más su guitarra rítmica o el violín.

Además era para escuchar el repertorio incluido en sus discos y el caballero prácticamente no se guardó nada, partió con “Soy santiagueño, soy chacarera” y de ahí fue un desfile casi sin interrupciones de varios de sus creaciones más populares en versiones propias o de otros intérpretes: “El embrujo de mi tierra”, “Bajo la sombra de un árbol”, “Perfume de carnaval”, “A mis viejos”, “Corazón verdugo”, “Bailar y vivir”, “Vuelo enamorado”, “Digo la mazamorra”, “Cómo pájaros en el aire”, “La estrella azul”, “Encuentro” y como veinte más.

Un comentario técnico no podría darlo y no me interesa mucho. El asunto es que la gente estaba vuelta loca (sí, estábamos vueltos locos) cantando, aplaudiendo y salieron parejas a animar la fiesta, como si se tratara de una peña, un concierto en una casa o el hall de un casino, daba todo igual. Yo sé que he sido majadero con el caballero este así que quería aprovechar el contexto del viaje para explicar los méritos que le hallo al individuo.

Quería decir que admiro profundamente a Peteco Carabajal por un asunto que parece muy sencillo pero que es muy difícil: seguir creando música popular con elementos más o menos simples o cotidianos, sin mayores rebusques de armonía o de acordes pero que sigan sonando una cosa novedosa es algo sólo para capos. Una chacarera puede ser casi una cueca en el sentido que el margen de innovación es complejo porque no son muchas frases melódicas pero él lo logra y, además, ha permitido crear escuela para una larga serie de músicos que lo cuentan entre sus referentes.

Además esa capacidad pasmosa que demuestra como compositor permiten de inmediato reconocer rasgos de la música santiagueña pero que van de la mano con nuevas épocas, se sabe a través de sus temas que no se escucha un tema que recopilara Chazarreta hace ya casi un siglo o que sea del nutrido y notable legado de Yupanqui o los Hermanos Ábalos (creo que Adolfo murió hace poco, mis respetos para él). Es otra cosa pero sigue siendo la misma, a fin de cuentas. Por cierto, todo lo que es novedoso o “moderno” no lo hace de capricho, largos años pasaron como músico del grupo “Los Carabajal” en su época de transición, entre las cosas más tradicionales y actuales, además de un proceso de conocimiento profundo de la música de su zona no como “taller de investigación” sino como algo netamente vivencial.

Por cierto, su paso por el MPA (Músicos Populares Argentinos, grupo que integró junto a Jacinto Piedra, Verónica Condomí, el “Mono” Izuarralde y el Chango Farías Gómez) también le marcó en su afán de evolución y libre manejo del folklore. En eso, obviamente, Farías Gómez era un viejo defensor de esa búsqueda, como fundador de los Huanca Huá, por ejemplo y el aporte de Peteco junto al de Jacinto Piedra (con quien después hicieron el dúo Santiagueños, otro pilar para una generación de artistas) permitieron abrir senderos desde lo que conocían profundamente. A partir de ahí en sus discos se pueden escuchar canciones con baterías y bajo, sintetizador, efectos o a guitarra pelada y violín y bombo y sonar siempre como algo actual. O sea, no es cosa de sumar o quitar instrumentos para hacer el “aporte” a la música como suelen decirlo muchos músicos, creo yo, obviamente pueden ayudar a enfatizar algunas cosas, pero no son lo decisivo. Raúl Carnota muchas veces canta con su sola guitarra y puede ser de lo más moderno, al igual que tantas cosas del Cuchi Leguizamón cantadas magistralmente por el Dúo Salteño, con la guitarra y las voces. Y por otro lado hay tanta cosa llena de teclados, baterías y efectos varios que pueden sonar perfectamente anacrónicas.

Además he leído a músicos argentinos del mundo rockero diciendo que “vos escuchás a Peteco Carabajal y eso es rock”. Y claro, se refieren al vigor, a la actitud de los músicos y especialmente a la respuesta de la gente. En Argentina parece bastante claro que el folklore no es sólo un respeto por lo tradicional sino una apuesta estética si se quiere, pero que sigue desarrollándose y que no significa vivir del pasado o en un afán de nostalgia. En eso, claro, Peteco y muchos otros han sido claves.

Del mismo modo encuentro admirable que, aunque no sea el eje exclusivo de su producción, siempre haya en sus discos algunos temas con intenciones “agitadóricas” y que enrielan su creación con el “nuevo cancionero” que hubo en este país y que tiene una larga lista de exponentes. Los textos de “Arde la vida”, “Los indios de ahora”, “Ckayna cunan”, “Rumi cani” y sus musicalizaciones de “Digo la mazamorra” o “San cayetano” por citar algunos pocos ejemplos a la rápida, muestran un afán denunciante pero de una manera más discreta en el uso del lenguaje aunque no por ello poco enfáticos, como ejemplos consistentes de la “canción social”.

Por todos estos motivos (talento compositivo innato, afán evolutivo, conocimiento profundo de su raíz pero a la vez mente abierta para sumar cosas nuevas, paso por conjuntos emblemáticos para después desarrollar su propia propuesta, compromiso en los textos, influencia en generaciones siguientes, etc.) he pensado que la carrera y la apuesta de Peteco tiene puntos comunes con la de Víctor Jara, en la capacidad de encontrar la vitalidad de lo folklórico si se puede sintetizar de algún modo. Y claro, eso puede sonar como un disparate para más de alguien pero no por eso dejaré de sentirlo así y con eso no quiero crear nuevos mitos ni agrandar nada, sino simplemente tratar de explicar el por qué de un fanatismo que me ha llevado hasta el Casino de San Rafael (bueno, a los dos que hay en la ciudad porque me equivoqué y llegué primero al otro). Además, no ha faltado el que ha hecho el mismo parelelo con Gepe y ahí sí que creo que no hay punto de comparación. Yo al menos traté de tirar un par de argumentos y no lo hago para inflarle la carrera a nadie. Trato de mostrar cómo, a fin de cuentas, la música popular más genuina y más directa, en manos privilegiadas, es capaz de recuperar el sentido del asombro. Algo, sin duda, esencial para quien busca majaderamente un momento de luz entre olas y olas de canciones.