febrero 04, 2007

Desvaríos porteños


El festival de la cueca y tonada de Valparaíso, dicen los que lo han visitado más de una vez, está de pantalones largos. Con un escenario bastante respetable, un sonido bien potente, una orquesta comandada por Víctor Hugo Campusano, del grupo Altamar, más un muy buen marco de público que ha repletado la Caleta El Membrillo, la cosa parece que va para arriba.

Además de la competencia, que es seguida con interés por los espectadores, el show se reparte entre el folklore y la música popular de una manera más equitativa que en Olmué. El viernes, por ejemplo, estuvieron Villa San Bernardo y Cuncumén junto a Los Blue Splendor (grupo porteño de la Nueva Ola) y el legendario bolerista Luis Alberto Martínez. La gente, eso sí, es igualmente de flexible que en el Patagual y escucha con toda atención los cuadros folklóricos y baila desatadamente con el twist.

En la segunda noche me encontré con dos sorpresas. La primera es el grupo Alborada, cinco huasos dedicados a las cuecas de corte más campesino y a la tonada en vertientes más melódico/románticas como otras más tradicionales. De pasada, además, algunos temas románticos como "Matilde" (Soneto 93, Neruda y César Isella) y "Cuando rompa el alba" (Willy Bascuñán). Por más que hay gente que encuentra que esos grupos son anacrónicos o que están "pegados", el hecho es que suenan impecable, que la gente aplaude con ganas y que entre ellos, Los mensajeros y Mi sol (los grupos de Ruperto Fonfach) y Los surcadores del viento aún se pueden esperar cosas interesantes del mundo de la tonada. Mejor sería, por cierto, al igual que Los Palmeros, si dejaran esa obsesión por participar en todos los festivales que se asoman y se dedicaran a hacer más conciertos y desarrollar espectáculos y promover sus discos con más ahinco, pero ese es asunto de ellos. Al menos me contaban algunos integrantes del festival que los Alborada son muy famosos en el sur y que, justamente, estás dedicados a grabar que a competir.

La segunda sorpresa fueron Los Cuatro Cuartos. La pregunta lógica cuando aparecen los cinco señores con humita, ninguno de la primera formación por cierto y sólo dos con una cantidad de años apreciable en el grupo, es para qué mantener un elenco que canta los temas de hace cuarenta años con un sonido que parece obsoleto y que más que nostalgia entrega poco y nada. Así lo he creído casi siempre y claro, sabía que estaban sacando discos pero, de lo que había escuchado, no me habían causado mayor interés.

Bueno, el sábado cantaron, las mismas cosas de siempre, las mismas que puede encontrar en cualquier antología de los Cuartos. Juan Payé, Doña Javiera Carrera, Dos corazones, Adiós Santiago Querido, cosas del Séptimo de Línea, todas, todas. Y qué pasa, pasa que la gente aplaude como loca, y que el grupo suena realmente bien. Uno mira pa otro lado y cree que escucha el disco en realidad. Es un verdadero gusto oírlos, aunque sea como remembranza o curiosidad para los que no conocieron el neofolklore. Quizás alguna vez me arrepienta de esto, pero creo que sí, que vale la pena que se mantengan los Cuatro Cuartos, aunque no haya fundadores, aunque sean una copia de Los Huanca Huá, aunque sean sobrecargados en sus juegos vocales, aunque sean símbolo del folklore de la época de Pinochet, aunque quizás no sean sino una foto histórica de la música chilena. Total, si la foto está bien tomada vale la pena, sirve como documento y sirve en sí misma, por el placer estético que entrega. Me la ganaron los señores, mis respetos.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

ya mierda
vilches se entusiasmó...

Manuel Vilches presidente del fans club
de los cuatro cuartos....

siempre..lo supe wn..siempre lo supe...

jaja
salutes
ricardo tres un cuarto

Romina Nuñez Moraga dijo...

Hola Vilches, Nuñez Romina repondiendo. jajaja
Gracias por agregarme y que sigan tus reportajes con el animo de siempre.
Cariños.
Romi

gustavo cisneros dijo...

Cosquín y el músico independiente.

Nota: El festival de Cosquín es el más importante de Argentina y el que escribe gustavo cisneros compositor e interprete argentino ilustra su experiencia con respecto a este mega festival.

“TIRE”

Hay un viejo chiste que refiere a una persona que empuja y empuja una gran puerta de vidrio con un pequeño cartel sin lograr abrirla, entonces con más ahínco aún, dispone de todas las fuerzas que puede permitirle su envergadura, toma carrera, y nuevamente no puede abrirla y ese pequeño cartel que sigue allí, cuelga como una mosca burlona en su frente. Planifica un último intento, pues tiene que entrar, y arremete furioso contra esa barrera infranqueable, golpea su cuerpo ya cansado contra el espeso cristal, la puerta permanece inmutable, su ser mascullado en el piso y nuevamente ese pequeño cartel que desde el otro lado del vidrio le indica la causa a tanto sacrificio y desacierto: “TIRE”.
Se me viene en mente esta historia como quizás la más adecuada a la hora de graficar el sufrido romance entre el músico popular independiente y el festival de Cosquín.
El artista independiente, al margen de los departamentos de marketing de las compañías discográficas, cargando con su mensaje involuto y la frescura de su enorme talento intacto, vaga año tras año por las calles de esta ciudad en época del festival, tratando incansablemente de cruzar ese umbral invisible, año tras año deambula por las peñas, tratando de tocar algunos minutos y cuando la garganta empieza a florecer como los cactus lo hacen después de una lluvia primaveral… debe bajar del escenario e ir en busca de su paga, un locro y un vaso de vino, pues hay muchos, muchos compañeros más que quieren subir.
El escenario mayor se eleva como un trofeo inalcanzable hacia un lejano cielo, cielo de quimeras, luces y espejitos de colores. Y por un costado, por cualquiera de sus calles laterales, pasa el músico noche a noche cargando su guitarra, bombo, teclados, su cansancio, su eterno derrotero, mientras son otros son los que suben, otros, a los que nadie vio llegar y de pronto están ahí… del otro lado del cristal.
La puerta de Cosquin no se abre, a veces parece vacilar, pero no abre, pareciera ser el escenario, una antigua lámpara de gas rodeada por las órbitas perpetuas de aquellas miles de almas iluminadas por la inspiración, cual luciérnagas enamoradas de una fuente artificial en medio de la noche .
Y me pregunto entonces, después de tantos intentos, tanto empujar, tanto orbitar, cuando nos vamos a dignar a leer el pequeño cartel?
“TIRE”… Claro, “tire” mi amigo, si Ud. quiere entrar tiene que tirar, se tiene que despojar de gran parte de su preciado equipaje, tiene que dejar caer al suelo sus intenciones más altruistas, tire esos acordes “raros” y esa poesía ilegible, tire y deje que se lo lleve el rio o el cabalgar de las estrellas.
No se si quizás no sea tiempo de dejar de empujar, dejar que la puerta y el cuerpo encuentren reposo. Que las melodías, las manos, las frentes y todos los pájaros puedan migrar hacia otro reparo, otro verano, una puerta en otro lugar, sin la transparencia polar que interpone la industria de lo más fácil.
El sueño de los maestros vaga espectral gritando desde el silencio, que todo ha cambiado, que ya no es lo mismo, que el tiempo es el mejor de los maestros pero lamentablemente va matando a todos sus alumnos, incluso a los más ilustres.

Gustavo Cisneros
www.gustavocisneros.com.ar

盧廣仲Alex dijo...

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