junio 12, 2006

El periodista, el poeta y el arquero

Me tomaré la licencia de meter en este espacio un asunto que no tiene mucho que ver con música pero que de todos modos quería contar.

A fines de 1999, me encontraba haciendo la práctica en la sección deportes del diario La Tercera. Dentro del equipo de periodistas resaltaba Marco Sotomayor, quien había adquirido notoriedad como co equipo de Eduardo Bonvallet en sus años de mayor gloria. Por esa época en que yo entraba al diario, justamente, Sotomayor acababa de editar un texto de poesía, llamado “Poemario inconcluso”, que fue regalado a todos los integrantes de la sección, salvo a los tres practicantes que veníamos llegando y poco y nada teníamos que ver en la historia. De hecho, recuerdo que una mañana quedamos casi a cargo de la sección porque todo el resto andaba en el lanzamiento del libro. Como varios de los muchachos dejaron el texto en sus oficinas y nosotros teníamos que peregrinar por los distintos computadores porque no teníamos lugar fijo de trabajo, en varias ocasiones me encontré con el librito famoso.

Aunque debo admitir que la poesía nunca ha sido mi fuerte, igualmente eché unas cuantas hojeadas al asunteque, un poco curioso por ver qué pasaba con el pelotero-poeta. Como esto fue hace más de seis años, recuerdo poco más que mi perplejidad por la gran cantidad de poetas tributados y la de citas de otros autores que no conocía ni siquiera de rebote. De los textos en sí no enganché con ninguno, salvo con uno de los últimos, una apasionante oración de un arquero al cual están a punto de chutearle un penal. Pensé incluso en que alguien podía ponerle música, que podría salir una cosa muy entretenida.

Bueno, el hecho es que terminé mi práctica, a los pocos meses me llamaron a colaborar a La Tercera y Sotomayor ya no estaba en el diario. De ahí en adelante me lo encontré un par de veces en otros lados y él, siempre muy atento y respetuoso, me saludaba muy deferentemente, pese a que no cruzamos más de un par de palabras y que a lo mejor ni se acordaba de dónde nos conocíamos. Pasaron muchos años y hace un par de meses lo volví a pillar en las oficinas de Ojo Extra, proyecto periodístico en constante preparación y que prontamente debiera estar nuevamente en las calles. El era el encargado de deportes y yo una suerte de corrector diurno y periodista nocturno. Ahí pude ratificar el grato concepto que me insinuaba su persona, en cuanto a su preparación y capacidad tanto profesional como humana.

Por asuntos varios, me tocó reemplazar por un par de días al muchacho que trabajaba en deportes junto a Marco. Fue un asunto bien agradable porque nos coordinamos muy bien y la empatía creo que era evidente. Yo me sentía contento de poder trabajar y aprender con alguien que siempre me causó un tanto de curiosidad y respeto por su manejo del oficio. Por otros asuntos varios, de un día para otro Sotomayor no fue más al diario, renunció al puesto y, por obra y gracia de “la fortuna”, pasé en cosa de días de ser un burócrata corrector al nuevo encargado de deportes, justamente en el lugar que él estaba dejando vacante. Por mucho que pueda parecer un privilegio profesional, igual el asunto me sonrojaba un tanto y, de hecho, cuando Marco llegó a terminar de arreglar sus asuntos al diario no supe qué decirle por estar en su puesto y ni siquiera creo que me despedí como correspondía. Supongo que él supo entender mi incomodidad en la situación y que no si no fui más expresivo o afectuoso fue de corto y no de roto ni nada parecido.

Algunos días después, en el aniversario de la Radio Nuevo Mundo, estaba mirando las presentaciones de los músicos y de repente me iba al “puesto instalado en el hall del teatro”. Un poco de reojo, casi de improviso, me pareció ver la portada de un libro con ciertos detalles de colores que se me hacían conocidos. Partí curioso al puesto y, efectivamente, se trataba del mismo “Poemario inconcluso”. Lo adquirí rápidamente y fue una alegría grande el prolongar mi contacto con alguien con quien me sentía en deuda y, además, por contar con un libro que, quizás torpemente, siempre sentí que debía pertenecerme. A fin de cuentas, después estuve muchos años en Deportes de La Tercera y, aún hoy, a dos años de mi salida, me siento parte de ese grupo.

Bueno, cuando iba arriba del bus en el comienzo de mi viaje sureño, tuve la ocasión de reencontrarme con los poemas que vagamente recordaba. Esta vez me fue un poco mejor, agarré un poco más, varios de los poetas ya me sonaban algo más de cerca y algunos de los textos me gustaron bastante. Sin embargo, me seguí quedando y disfruté de punta a cabo con el del arquero que reza mientras espera que le pateen un penal, el cual, dicho sea de paso, fue escrito en homenaje a Nelson Tapia en una jugada que cualquier chileno bien nacido debe recordar con absoluta claridad: el “lanzamiento de doce pasos”, como dicen los colegas, del italiano Roberto Baggio en el primer partido de Francia ’98. Repitiendo mis excusas por escribir esto que no tiene que ver con el ámbito del blog y, de algún modo, explicitando mi reconocimiento por el colega temerario que le hace a la poesía, quisiera compartir el texto con todos ustedes:


LA ORACIÓN DEL ARQUERO FRENTE AL PENAL

¿Qué pasó que terminaron los clamores?
¿Adónde fue ese aliento de mar que afirmaba
Mis manos?
Qué pacto de amor entre el fusilero y el silencio?
Hasta las banderas calmaron su oleaje…

El proyectil espera al verdugo y
La distancia caerá rotundamente

Es la hora del sacrificio, cuando
Los ángeles toman las puertas de acceso
Y aprendo que en la vida nada
He aprendido

Quedan el cuerpo mártir,
El instinto
Y esa angustia que teje su propia malla

Ya no recuerdo ni éste ni otros mundos
Es tal la soledad que no puedo pensar
Sino en mis botines atados al pasto,
En mis piernas que apenas pueden balbucear
Esta plegaria
En mis manos que se evaporan con el calor
De los guantes

Y el fusilero que se acerca
Para cubrir la tumba:
Lleva una pala en el pie
Y su vista empuñada

¿Por qué acumula tanto odio
En su mirada?
Lo sé:
Porque sólo anhela matarme
Gritar mi caída a las estrellas
(lo perdono…)

!Pero cuidado!
Que a veces dios reasume su viejo
Oficio de Dios y
El león termina empalado en
La corona del ciervo y
Diez dedos son más fuertes que
Arma y asesino y
Que tal vez (¡justo hoy!) las
Flores cubrirán mi refugio y
La gloria me levantará en andas
Más arriba del cielo