septiembre 27, 2005

Menos "tiqui tiqui tí" y más "cara cara cá"


Hace dos jueves Los Trukeros lanzaron su nuevo disco, “De visita”, en el Centro Cultural de España. La sala, que resiste tranquilamente a unas 200 personas, tuvo el doble o el triple de su capacidad. “Ese creo que es el símbolo de lo que está pasando con esto” me dijo el musicólogo Rodrigo Torres días después, gratamente sorprendido por el fervor que originó el concierto.

Los cuequeros urbanos, además tuvieron una actividad de locos durante el 18. En la cumbre Guachaca, la Yein Fonda, la fonda de la Patogallina, el Parque Inés de Suárez y muchos otros lados, los más renombrados exponentes del estilo llegaron al lunes prácticamente muertos, con las voces gastadas y un cansancio más que evidente.

De alguna manera, puede pensarse que este año fue el de la definitiva consolidación del movimiento. La presencia predominante en las Fiestas Patrias, los lanzamientos de varios discos, la aparición de “La revolución de la cueca” que los reúne a casi todos en torno a las composiciones de Víctor Hugo Campusano, de Altamar y el “descubrimiento” por parte de algunos medios de comunicación ha permitido visibilizar a este movimiento más allá de su tradicional marco de acción: el Huaso Enrique, los cuecazos de doña Maruja Sánchez, el casino Famae y el sitio de Mario Rojas que, por cierto, son muy responsables de su actual vigor.

Todos estos pasos, por cierto, son muy necesarios y son los que han logrado formar una comunidad con una potencia impresionante, que ha llamado la atención de sectores que hasta entonces poco y nada tenían que ver con la cueca. En ella se vive un fervor que en muchos años no se percibía en un movimiento de la música de raíz folklórica. El “boca a boca”, los traspasos de discos, los centros de reunión y la explosión de grupos jóvenes y hasta púberes muestra que la vitalidad del movimiento es realmente un fenómeno dentro del circuito.

Pese a esto, quizás falten dos pasos que permitan vislumbrar aún mayores expectativas a la cueca urbana. El primero es, sin duda, la “ceremonia de graduación”, es decir, arremeter en los escenarios mediáticos, donde llegan los mismos periodistas que desprecian las informaciones que les llegaban de estos mismos conjuntos hace algunos meses y donde se logra, a fin de cuentas, el “reconocimiento social”. Por lo tanto, hay que atacar los teatros. La convocatoria de esta gente da para pensar que un recital bien producido en Santiago tranquilamente puede reunir a mil o más personas interesadas en el rubro. Con un acto “iniciático”, de esas características, llega el apetito de los productores, los sellos y la cosa toma otras dimensiones. Faltaría conocer si a los cuequeros les interesa meterse en ese mundo, porque ahí las tentaciones y los desvíos conceptuales pueden ser comunes, pero bueno, da la idea que es algo que hay que probarlo igual.

El otro punto es más delicado pero es igualmente importante. Pese a su arraigo popular innegable, señalado incluso por Margot Loyola en un programa radial hace pocos días, en el “establishment” del patrioterío siguen al margen y eso puede ser bueno para mantener cierta idea de “pureza” pero, a fin de cuentas, creo que es necesario que las “chilenidades mediáticas” reciban un poquito de aire fresco. Con el respeto que me merecen los Perlas, los Hermanos Campos, Los Chacareros de Paine y Los Quincheros, entre otros, es preciso ampliar el espectro y, justamente, mostrar al resto del país, a aquellas expresiones que tienen una vigencia en lo cotidiano, por el gusto de cantar y no porque cae determinada fecha en el calendario. Con menos “tiqui tiqui tí” y más “cara cara cá” Chile puede ser un país más rico y para mucha gente el folklore puede pasar de ser un cacho a una aventura o un mundo por conocer.

septiembre 16, 2005

Los desafíos de la adversidad

El fin de la música clásica en las radios chilenas, simbolizado por el posible cierre de la Radio Beethoven, es un nuevo mazazo a la sequía cultural del país. En lo concreto, hay más de 30 radios FM que se repartirán entre la balada, el rock y la música bailable. Si bien es evidente que estos ritmos tienen una lógica preferencia de la gente, tanto en Chile como en casi todo el mundo, parece insólito que no exista público suficiente para no mantener una radio clásica, o de folklore, o incluso de jazz, o de “world music”. Sin ir más lejos, cada uno de los más renombrados exponentes de estos estilos puede presentarse ante cinco mil personas o más en Santiago, por lo que es extraño que no puedan tener espacio en el dial. Quizás, en ese sentido, un artículo como el de Claudio Gutiérrez pueda brindar respuestas.

Pero más allá de los rumbos torcidos en el interior de la industria, lo que desarma en Chile es la incapacidad de la industria de entender la importancia de la diversidad. Tal como en el mundo político, las opciones más usuales son las únicas legítimas, todo lo demás es excéntrico, desusado, objeto de burla o, en el peor de los casos, de indiferencia. Cualquiera que haya mandado informaciones de artistas sin sello o de estilos que no calcen dentro de lo que se suele cubrir sabe de las dificultades para que sean tomados en cuenta o que la gente sepa siquiera de las actuaciones o de las novedades discográficas. Claro, son grupos que “no suenan” y por tanto no son de “interés público”. Todo esto es parte de un mismo asunto y de una cadena que no se sabe dónde parte ni dónde termina. La música no suena en las radios, los periodistas de los medios no conocen a los grupos y la gente va igual a los conciertos, a pesar de todo.

Es cierto que existe la opción de internet, los sitios especializados, las radios en línea, ya sean de cualquier estilo, pero la cosa no es igual porque obliga a seguir viviendo en el “ghetto”, a generar una suerte de clandestinidad que finalmente hace que los músicos giren hacia otros estilos más confortables en términos de proyección, como pueden verificarlo Pablo Herrera o Alexis Venegas. Es decir, la manera de entrar es haciendo lo que hace el resto. Este es un flaco favor que se le hace a la sociedad. No por razones estéticas, de filantropía, de identidad ni del manido “respeto al artista chileno”, sino por estrechez de cabeza de todos. No habrá manera de permitir un desarrollo cultural y social sino es estirando la oferta a todos los estilos que estén contribuyendo a la cultura nacional.

Seguramente, como tantas veces lo ha hecho el arte popular, tendrá que tomarse el camino largo, es decir, lo que se está haciendo ahora, juntarse, de a poco, entre amigos, armar encuentros, echar a correr la “transmisión oral” y juntar un choclón que genere un interés de envergadura, para después recibir el reconocimiento de la “oficialidad”. La Nueva Canción, El Canto nuevo y otros movimientos de otros estilos tuvieron que hacerlo así. Eso de que la historia es cíclica no es verso, al parecer. Por mientras, los que están (o estamos si se me permite la patudez) por desarrollar el “arte periférico” tenemos que hacer un esfuerzo grande, sea desde el arte, la gestión o la difusión, en cuanto a profesionalismo, rigor, entusiasmo y calidad dentro de lo que puede decirse de un concepto tan subjetivo. No porque las cosas se hagan gratis, o con poco tiempo, hay que dejarse estar y esperar el agradecimiento por “el esfuerzo”.

El único modo de ganarse respeto es hacer que el trabajo hable solo y dejar de lado las buenas intenciones discursivas y la subvención emocional de lo chileno, la identidad, las raíces y otros que han mantenido por años a propuestas deficitarias en todos los ámbitos. En el caso de la música de raíz folklórica, el camino que ha seguido la cueca urbana, la experiencia de colectivos como “Cultura en movimiento”, la mayor oferta de conciertos que ha habido en los últimos años y la aparición de sitios en internet, permite abrigar esperanzas de un movimiento creciente dentro de caminos alternos a la carretera mediática, pero también exige levantar una propuesta que haga sonrojarse al trabajo funcional de los medios de comunicación, que ven este estilo como un fenómeno antropológico, curiosamente, con la misma simpatía misericorde que trataban a Violeta Parra y a los que abrieron el camino hace más de medio siglo. No era lo que quería decir al comienzo pero bueno, estas cosas son así.

septiembre 11, 2005

El sendero del canto popular, fijo para el 2006


Qué tal:tardíamente, el pasado viernes en la tarde, se me ocurrió proponerle a algunos amigos que aprovecháramos la actividad del 11 de septiembre para entregarle un homenaje a algunos destacados creadores chilenos que se encuentran en el Cementerio General. Ellos eran Violeta Parra, Víctor Jara, Rolando Alarcón y Sergio Ortega.
Enterado de que Cultura en Movimiento, por su parte, iba a hacer un acto en las tumbas de Jara y Ortega, sólo bastaba con que dejáramos algunas flores donde Violeta (al lado del Memorial de los detenidos desaparecidos) y Rolando para que el asunto se desarrollara sin problemas. Por eso, bastaba con coordinarse con la gente del “Cultura” para que todo marchara sin líos.

Bueno, finalmente la magnitud de la marcha y problemas organizativos hicieron que no pudiera encontrarme con la gente de Cultura en Movimiento así que no hubo cómo hacer estos pasos previos, por lo que sólo se hizo el acto en las tumbas de Jara y Ortega. Por su parte, Violeta fue saludada por decenas de personas que conocen su tumba y estaba rodeada, con justicia, de flores por todas partes.

Cuando ya finalizaba el acto de los “Cultura”, partí para la tumba de Alarcón. La escena, lamentablemente, era la misma de siempre. Un par de flores secas y un silencio “de pelos” como dicen los Simpson. Y ahí me bajan las dudas, con qué habrá hecho este hombre para que se le trate de esta manera. Es claro que en su familia no tiene muchos aliados (de hecho, casi nadie compartía sus ideas políticas ni otros aspectos de su vida privada) y por su opción sexual no tuvo hijos.

Sin embargo, El asunto es triste pero no para tanto. A fin de cuentas, Alarcón es un tipo respetado entre sus pares y se le recuerda con cariño. Sin ir más lejos, fugazmente alcanzó a escucharse un fragmento de “Yo defiendo mi tierra” cuando partía la marcha de la Alameda. Por lo tanto, y tal como en muchos otros asuntos de la música chilena, bastará con un poco de organización para que al asunto ande y este cantor pueda ser parte del reconocimiento de la gente. No me queda duda que para la marcha del próximo año, o quizás antes, por ejemplo, para el aniversario de su muerte, habrá chilenos recordando su noble vida de cantor y maestro. No en vano en agosto del 2004 llegaron muchos, y casi de oídas, a festejar los 75 años de su natalicio, en un concierto que se me ocurrió hacer casi sobre la marcha pero que resultó bastante bien.

Por eso, la meta ya está clara. La marcha del 2006 tendrá un momento para el “Sendero del canto popular” y Violeta, Rolando, Víctor y Ortega recibirán en un mismo día un sentido y merecido reconocimiento. Si prospera la idea de algunos movimientos políticos, a lo mejor la marcha se hace al revés, “de la memoria al poder” (es decir, desde el Cementerio a la Moneda). Si eso ocurre, bueno, habrá que estar muy temprano para hacer el recorrido, pero que se hará, se hará.